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“Los voluntarios solemos inscribimos por el deseo de ayudar, pero más tarde descubrimos que es mucho más lo que recibimos que lo que damos”

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   Tengo 77 años. Soy padre de seis hijas y abuelo de 26 nietos. Me jubilé como profesor universitario hace siete años. Temía la jubilación por el fuerte contraste con la etapa activa anterior y sus posibles consecuencias. Para evitar este mal  me propuse tener una jubilación activa, aunque sin caer en el activismo. Desde el primer día salía andando de casa y pasaba las mañanas en la biblioteca para leer, estudiar y escribir.

   Mis primeros siete años de jubilación ha sido la etapa más prolífica como escritor. Además he colaborado con mi mujer en su incansable  tarea como abuela de nietos con padre y madre que trabajan fuera de casa.

   La parábola de los talentos me impactó siempre, pero ahora me interpelaba con más fuerza. Pensaba que no aprovechar el tiempo y vivir sólo para uno mismo durante la cuarta parte de la vida es irresponsable e impropio de un cristiano. Por eso me ofrecí para colaborar con una ONG de Navarra de gran prestigio, que tiene todo tipo de labores asistenciales en varios países del tercer mundo: “Profesionales Solidarios”.

   Elegí el voluntariado con personas mayores muy vulnerables de una residencia de Pamplona. Antes de empezar recibí, junto a otros novatos, varias estupendas sesiones de formación, tanto en la sede de  Profesiones Solidarios como en la sede de la Residencia.

   Acepté acompañar a Felipe, (nombre supuesto)  un señor mayor con demencia, durante dos horas semanales. Cada día paseábamos y tomábamos un refresco en la cafetería de la Residencia. Luego rezábamos un rato en la capilla de la residencia.

   La psicóloga me había informado sobre la afición de Felipe a los toros, con el fin de que me ayudara a suscitar temas de conversación. Pronto congeniamos y nos lo pasábamos muy bien hablando de tauromaquia. Los primeros días me contó con mucho detalle y entusiasmo con qué toreros famosos había actuado y cuantas veces había triunfado saliendo por la puerta grande de las plazas. Posteriormente me interesé por sus cicatrices de las cornadas y se quedó callado. Este episodio me reveló que Felipe había perdido la memoria, pero no la imaginación.

   Este tipo de bonitas “películas” las contaban también otras personas de la misma Residencia. La naturaleza humana movida por la Providencia  parecía compadecerse de ellas, sustituyendo la pérdida de la memoria con supuestos recuerdos felices.

   En algunas ocasiones Felipe y yo nos uníamos a otro grupo de residentes acompañados de sus voluntarios. Aprendí mucho de los que tenían experiencia (de su ejemplo de generosidad y de sus recursos para que los residentes hablaran y  estuvieran alegres, como  cantar con ellos canciones de antes). Algunos voluntarios recogían residentes de diferentes pisos para acompañarlos diariamente a la Santa Misa.

   Los voluntarios solemos inscribirnos por el deseo ayudar, pero más tarde descubrimos que es mucho más lo que  recibimos que lo que damos. La situación de dependencia de tantas personas y su actitud paciente y resignada,  nos ayuda  a enterarnos más de la fugacidad de la vida y a reconsiderar nuestra escala de valores. Esa situación despierta lo mejor de nosotros mismos y nos hace profundizar en el sentido cristiano del sufrimiento. Por si esto fuera poco, el ejercicio del voluntariado es una de las mejores terapias para prevenir y/o superar el estrés de la vida.

   Creo que es muy bueno difundir el testimonio de los voluntarios en residencias de personas mayores, para evitar algunos prejuicios y temores infundados. De ese modo habrá más voluntarios (más personas felices en el intento de hacer felices a quienes lo están pasando muy mal). Desde Aristóteles se sabe que la felicidad no se puede obtener directamente, ya que es una consecuencia: la de esforzarnos día a día en busca de la perfección. Sugiero un eslogan. “a la felicidad por la perfección”.

   Llevo ya dos años acompañando a Felipe. Le acaban de cambiar de piso debido a que ha empeorado mucho su estado mental y su movilidad. Ahora le llevo en silla de ruedas. Ya no me reconoce, pero siempre me sonríe cuando llego y se entristece cuando me voy. ¿Existe algo más gratificante?. Cada día es volver a empezar. Mañana estaré de nuevo con él. Mañana empiezo…

Gerardo Castillo Ceballos

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